Viajes

Lanchas rápidas y buceo con tubo en Cancún

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Estás en una playa privada de uno de los mejores complejos hoteleros que jalonan la costa cercana a Cancún y te traen otros dos mojitos en una bandeja de madera labrada. El mar Caribe se extiende ante ti, esperando a que el calor te derrote y decidas probar sus cristalinas aguas. Es sólo cuestión de tiempo. Nadie podrá sacarte de ahí salvo desastre natural, amenazas contra tu integridad física o la presencia de Eva Méndez (o Brad Pitt, aquí hay para todos y todas) en topless en una de las piscinas del hotel.

Ese es el grado máximo de felicidad vacacional para muchos de los turistas que deciden pasar sus días libres en uno de los complejos “todo incluido” de la zona caribeña. A veces dudas. Te presentan planes alternativos que pueden resultar interesantes, pero desvías la mirada a tu muñeca derecha y ves tu grillete. Esa pulsera, que te hace ser el verdadero rey del mambo dentro de las instalaciones, pesa más que las cadenas acompañadas de bola de acero que solían vestir los presos en los cómics. No eres libre mientras siga habiendo comida exquisita, sabrosos y estimulantes cócteles y nadie se lleve esa playa de allí.

Pero hay días en los que uno se levanta con el pie izquierdo y decide dejar el Olimpo de los Dioses para mezclarse con los limitados seres humanos. La razón que haya detrás de esto tiene que ser de peso. Y en Cancún encontrarás varias.

Recibiendo instrucción. Foto (C) David Escribano

Tras una noche de copas de bienvenida en el impresionante complejo hotelero de Moon Palace, mi despertador decidió comenzar a molestar a las 6 de la mañana. Apenas había conseguido dormir una hora entre los efectos de la cafeína de la Cola que mezclé con el ron y el mítico jetlag. Lo raro es que estaba lleno de energía y los efectos de la resaca brillaban por su ausencia.

Bajé a desayunar con el resto de mis compañeros y vi que algunos no se encontraban en mi mismo estado de elevación pero, en general, la moral de la tropa estaba bastante alta.

Unas muffins de chocolate, pastelillos variados, crepes de nocilla y algo de fruta (para disimular) después, nos subíamos en la furgoneta que nos llevaría a la laguna Nichuptè. Allí ibamos a realizar una actividad muy divertida que no había probado nunca: conducir pequeñas lanchas rápidas.

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